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Fotografía publicada por la  NASA en la que se observan los incendios activos en Galicia y Portugal

Fotografía publicada por la NASA en la que se observan los incendios activos en Galicia y Portugal

Durante estos días hemos leído con expectación la crónica de una muerte anunciada. Galicia ardía y lo hacía en serio. Más de 4.000 hectáreas han sido arrasadas por los 146 incendios registrados que se han propagado con virulencia por el territorio gallego. Catorce de ellos, con nivel de alerta 2, amenazan las viviendas y ya debemos lamentar víctimas mortales.

Ante ese triste espectáculo, provocado, según parece, por inconscientes criminales, la situación no puede pintar peor. Nunca he sido tan pesimista sobre nuestro futuro. Pero hoy todos somos cómplices de lo que está pasando, herederos de aquellas injusticias que callamos y perpetuamos, responsables de un país que sólo rezuma patriotismo cuando está convencido de que eso le otorga una cierta superioridad moral o intelectual. Y nada que ver.

La nada se apodera de nosotros. Y el peor desenlace ya se ha escrito para siempre en nuestras vidas. Ya es inevitable. Hoy, también España se ha saltado la legalidad: pérdidas materiales, vidas humanas, animales y ecosistemas de alto valor nos han dicho adiós para siempre y aún me cuesta entender dónde hemos estado aquellos que siempre hemos querido, de manera acertada o de forma equivocada, lo mejor para el país que amamos. ¿Dónde quedó la estima, la defensa de lo propio, el amor por nuestra tierra? Me da una grima enorme pensar que nadie lo piensa, que nos pasa de largo, que no se condena.

Debería alarmarnos que no se hable de esto en las portadas de papel. Debería avergonzarnos que La Sexta ejerciera de televisión pública. Deberíamos haber gritado como gritamos siempre ante la alegría de un gol en tiempo de descuento. Pero qué se yo. Cada cuál le llora a lo que quiere.

Hoy no saco la bandera. Pues el mundo me duele sin distinciones. Hoy abrazo a aquellos que sacaron lo mejor de sí mismos. A los de los cubos y los calderos. A las cadenas humanas. A las ayudas generosas. A los que mandan mensajes de fuerza. A los que se juegan la piel y la vida. A los que lo que ocurre no les pasa de largo. A los que se han quedado sin casa. A las familias de los fallecidos. A los que tienen miedo.

A todos esos. Mi abrazo y mi respeto. Porque ese sí es mi país. Y, personalmente, no me veo retratada en ninguna otra definición.

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