Home Gran Angular Artículos Catorce kilómetros y cuatrocientos metros

Catorce kilómetros y cuatrocientos metros es la distancia que separa España de Marruecos a través del conocido Estrecho de Gibraltar. Catorce kilómetros y cuatrocientos metros es la distancia que hay que cruzar para ir de Europa a África. Catorce kilómetros y cuatrocientos metros es la distancia que separa dos culturas abismalmente diferentes. Catorce kilómetros y cuatrocientos metros es la distancia que cualquier persona necesita recorrer para ser consciente de que no hay mejor contraste de la información que la que hace uno mismo a través de sus propios ojos.

Primeros pasos

De camino a la terminal marítima se atisbaba un barco cada vez más grande conforme el recorrido
iba siendo menor. Era aquel navío que se apreciaba a lo lejos en el que cientos de personas emprenderían su camino a Tánger. El proceso de entrada es algo lento. Numerosos controles de
seguridad seguidos. Largas colas con altas temperaturas. Aglomeración de personas ansiosas por
esperar la embarcación.

El buen observador ya puede apreciar en ese preciso instante los detalles de lo que va a ser sin duda alguna, una odisea. En el lado contiguo se encuentran los coches con inspecciones distintas a las de los que van a pie. En uno de esos vehículos, aparentemente antiguo y desgastado, está una niña, de no más de cinco años, sentada en la parte trasera rodeada de numerosos objetos empaquetados que le impiden apenas moverse con facilidad.

Alrededor de ella y de los que se asemejan a sus padres la situación se repite dentro del coche. Se hallan repletos de enseres. Enseres que parecen formar parte de un hogar. Un hogar que se traslada a cuestas. Un hogar de camino a otro nuevo hogar. Esta escena se repite en algunos de aquellos coches que siguen la que es una cola más que interminable. Sin embargo, hay otros muchos pasajeros que viajan en un transporte mucho más lujoso, apreciado así desde los ojos de cualquier espectador humilde con vistas analíticas.

A través de las ventanas de aquellos coches de un mayor rango económico solo se ven personas que generan una sensación de mayor comodidad y de tranquilidad, razonamiento más que lógico de cualquiera que observe que no están rodeadas de objetos que limiten su actividad cotidiana dentro de un vehículo. Es en esta situación donde se comienza a apreciar la diversidad de personas que viajan a dicho lugar. Es solo es el principio de la aventura de muchos viajeros preparados para conocer más en profundidad los rincones de una tierra lejana pero cercana a su misma vez.

En movimiento

Lentamente todos los ciudadanos se suben al transbordador. Una vez más, la espera es larga y
pesada. En los momentos de expectación en los asientos del barco se podía apreciar cada vez mejor los actos de detalle que se acometían en dicha localización. Una vez puesto en movimiento el barco, los jóvenes y no tan jóvenes se asoman por la barandilla apreciando cómo las olas acompañan el vaivén del navío y cómo cada vez más la tierra desde donde se había zarpado se aleja y es el pueblo marroquí el que a lo lejos actúa de anfitrión.

Entre todos los espectadores es una actividad sencilla distinguir entre las distintas nacionalidades y culturas. Hay hombres y mujeres con cierto aspecto occidental y europeo. Hay personas de un color de piel más oscuro y moreno. Otras muchas visten con indumentaria larga que tapa la mayoría de las zonas de su cuerpo, dicho grupo comparte los colores su ropaje además del estilo, muy curioso y llamativo. No obstante, en un rango semejante de edad se encuentran rasgos totalmente opuestos con ropa mucho más corta y aparentemente más familiar. Las diferencias comienzan a estar presentes en cada giro de mirada y el viaje solo acaba de empezar.

Primer contacto

Los transeúntes están tocando tierra firme, llenos de ganas y repletos de ilusión. África los espera y
algunas de las personas que pisan suelo africano parecen no haberlo hecho nunca, sus caras las
delatan. Es un cambio de aire, de continente, de sensación. El sol está en su mejor hora, son las siete y media, dos horas menos que en la península. El aire está acompañado de una calurosa ola que parece azotar a cada pasajero que se baja del transporte que los ha llevado hasta su destino.

Los grupos se comienzan a separar, se despiden entre todos aquellos con los que han compartido las horas del trayecto, algunos se van solos y otros son recibidos por trabajadores que seguramente
llevaran a los turistas a sus respectivos hoteles con un rumbo más que turístico. Desde los ojos del observador que recorre las calles tangerinas se aprecia un acontecimiento nada cotidiano y alejado de las costumbres europeas.

Los taxistas emprenden varios trayectos a la vez con personas que se dirigen a sitios totalmente diferentes. Se parecen a los trenes de ciudad que recogen a individuos en paradas distintas con dirección a otras opuestas. Se genera un ambiente de recolecta y dispersión. Las carreteras de la ciudad están llenas de coches y de vehículos de transporte público que no acometen las normas de circulación. Caos. Desorden. Velocidad. Entre toda esta aglomeración de rapidez la avenida principal de Tánger se halla llena de personas constantemente que parecen ir con prisa y bullicio a cualquier lugar de la localidad. Mientras tanto, hay turistas que recorren de una forma alegre cualquier atisbo de novedad del lugar en el que se encuentran.

Sin embargo, por otro lado se aprecian algunas miradas de desconfianza por parte de los ciudadanos marroquíes y otras por parte de los visitantes, ambos grupos se fijan de una manera detallada en la ropa que llevan puesta el resto de personas. Se estima un aire de desacostumbre a la nueva cultura que están percibiendo desde su vista personal, propia y subjetiva.

Recorrido azulado

Chefchaouen, el pueblo azul de Marruecos es uno de los destinos más elegidos por parte de los
turistas provenientes de otros países. Sin embargo, hay un cambio abismal en la frontera imaginaria de una calle que es foco de turismo y de otra que no lo es, que está llena de trabajadores humildes y de ciudadanos que lavan la ropa en el río que recorre todo el pueblo.

De camino a la población, los barrios son pobres y hay algunos de ellos que están rodeados de toneladas de basura que una gran cantidad de personas se dedica a rebuscar para encontrar algo que les permita sobrevivir durante algunos días. Desde una vista panorámica, la localidad azulada es considerada a ojos de quien la ve como bonita y atractiva, sus calles consiguen transportar a una realidad paralela llena de fantasía y colorido pero que únicamente es temporal y ficticia.

El contraste cultural y económico se percibe en apenas metros de distancia, donde se tiene la certeza de la explotación turística que quieren generar en los sitios de verdadero interés público.

Despedida reflexiva

Catorce kilómetros y cuatrocientos metros es la distancia correcta, precisa y necesaria para conocer
un destino que se aleja de la realidad que algunos creen conocer. Para un buen observador
únicamente hacen falta dos cosas, unos buenos ojos que vean más allá de lo aparentemente material y un buen destino con un fondo que analizar.

 

Leave a Reply

error: El contenido está protegido