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Puesta de sol. Foto: Cristina Luque

Puesta de sol. Foto: Cristina Luque

Te quiero como para ponerle letra a las canciones. Como para viajar contigo sin prisas, sin importar los lugares, siendo inconfundiblemente tú, el destino. Te quiero libre, como el aleteo de un pájaro que bate sus alas al volar, girando como una peonza que no se rige por el ritmo constante del mundo.

Así te quiero. Con tu risa incontrolable, con esas manías tan tuyas, con esa forma que tiene tu mano de encajar con la mía. Te quiero a destiempo, sin pensar qué pasará mañana, solo con la certeza de que hoy desgrano el reloj, los segundos y la vida contigo, si me apuras.

Te quiero porque contigo puedo gritar que no tengo miedo y dejar la puerta abierta, sin creer que te irás. Como aquellos acordes a medida, tú resuenas en el alma como «Vuelve» de Suárez cantada en el oído. Me gusta respirarte y contenerme. Descifrarte cuando duermes. Reírme mientras ríes. O encontrarte con la mirada perdida, en un sueño, planeando nuevas formas de cumplirlo.

De vez en cuando te pierdo y me pierdes, pero siempre huir significó salir a buscarte. Y es que a veces, te escribo porque quiero que me recuerdes. Que de repente sonrías si el frío te habla de mí. Que salgas a la calle, caminando en primavera, y te acuerdes de la magia que tuvo febrero.

Yo te quiero. Y nunca te querré mucho. Quizá porque los adverbios de cantidad están hechos para aquellos que no creen en la rotundidad de las palabras. Para aquellos que tienen miedo a afirmar, que hay algunas tan grandes, que no necesitan absolutamente nada para serlo todo.

Te quiero mucho siempre fue una excusa para no decir, te quiero (con toda mi alma).

Fotografías: Cristina Luque

Fotografías: Cristina Luque

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