Home Enfoques Juan Carlos Garvayo: “A veces, olvidamos que siempre han sido los artistas...

Juan Carlos Garvayo. Foto: María Romero

Juan Carlos Garvayo. Foto: María Romero

Como solista y miembro del prestigioso Trío Arbós, el pianista Juan Carlos Garvayo,  atesora una amplia y dilatada trayectoria profesional en el mundo de la música clásica que le avalan como uno de los músicos más internacionales de nuestro país. Director artístico del reciente Festival de Música Sur 2016, Garvayo ha querido ofrecernos su particular visión de la música… y de la vida.

Podría decirse que Juan Carlos Garvayo (España, Motril, 1969), uno de los más activos y versátiles pianistas de este país, Premio Nacional de Música en el año 2013 como miembro del Trío Arbós, presente en las principales salas y festivales internacionales y con más de treinta discos grabados para diferentes sellos discográficos, es un hombre que no cree en las casualidades, que también escribe y ama la poesía y que no está dispuesto a cumplir todos sus sueños porque de lo contrario, “dejaría de estar vivo”.

La entrevista se hizo bajo el sereno susurro del mar en Motril. Justo cuando la luz comenzaba a embriagar cada espacio. La luz, esa que tanto inspira a los artistas que, como Juan Carlos, creen en ella como fundamento creador y esencia del arte.

No tendría sentido empezar de otra forma; ¿El mundo necesita gente que ama lo que hace?

 Totalmente. Yo creo que nuestra propia existencia se debe a un gran acto de amor.  Qué menos que agradecerlo amando nosotros mismos a través de nuestros actos.  Siempre he sido buen estudiante y curiosamente, cuando dije que quería dedicarme a la música, mis padres recibían comentarios del tipo “qué pena, qué desperdicio…” y la verdad es que no me molestaba en absoluto verme como médico u en otra profesión -de hecho estudié Antropología en Estados Unidos- pero siempre que primero estuviese por delante la música. No tuve nunca ninguna duda acerca de eso. No es amar ni siquiera, la música para mi es una necesidad vital, no me veo haciendo otra cosa.

¿Hubo algún detonante para dar ese primer “sí quiero”?

En España la música no ha estado bien tratada en general, siendo curiosamente un país tan artístico. Por ejemplo, los conservatorios no se han integrado en las universidades españolas, una cuestión bastante anómala, cuando en el resto de países sí que lo están. Reconozco que mi entorno era un tanto hostil hacia mi dedicación a la música.

 Yo decidí pedir consejo a mi maestro Américo Caramuta, con el cual después me fui a estudiar a los Estados Unidos. Él me dijo que leyera ‘Cartas a un joven poeta’ de Rainer María Rilke. Es un libro que aconsejo a todo el mundo porque para mí fue decisivo. El libro contiene la correspondencia epistolar entre el joven poeta desconocido Franz Kappus y el gran Rainer Maria Rilke. Cuando Kappus le pregunta sobre si cree que debe dedicarse a la poesía, Rilke le dice “Pregúntate a ti mismo si te es preciso morir en caso de que te sea vedado escribir y, entonces, tendrás la respuesta”. Recuerdo que leí aquello y desde ahí, jamás tuve ninguna duda. Si yo no pudiera tocar, mi alma se secaría. Simplemente no lo puedo concebir.

Con tantos éxitos cosechados, el balance de todos estos años de dedicación será positivo.

Si esto fuese una empresa donde podemos cuantificar lo que hemos ganado y perdido, seguramente diría que sí, que es positivo. Pero no se trata de eso. Se trata de ser fiel a esa llamada vocacional. Hablando con mi gran amigo, el poeta Antonio Carvajal, me confesaba que a él le ocurría lo mismo con la poesía. Cuando empiezas a escribir un poema, hay un verso que empieza, una palabra, dos o una frase muy corta que te dice “hazme caso”. Si no le haces caso a eso lo único que tienes son problemas. Hay que atender esas llamadas porque son llamadas del alma.

Si habláramos de esos reconocimientos que no quedan escritos en las biografías,  ¿cuál ha sido el más especial que has recibido?

Los premios están muy bien, son una palmadita en la espalda que te hace muy feliz. Pero lo digo con absoluta sinceridad, el mayor reconocimiento que he recibido ha sido ver cómo personas de mi entorno se alegran cuando alguien te premia. Es incomparable lo que se siente cuando recibes la respuesta inmediata de seres queridos, de gente de mi barrio, de mis amigos de toda la vida, de esa gente que te quiere y que nunca sabe cómo decírtelo y aprovecha como excusa esa felicitación.

¿Siempre fue el piano?

. Yo empecé a tocar otros instrumentos. La flauta, incluso la guitarra, pero… no. No me veía a mí mismo. Necesitaba un instrumento más grande. No sé, fue como una especie de intuición. Llegué incluso a chantajear a mis padres: o tocaba el piano o no tocaba ningún instrumento.

¿Nunca te has sentido llamado por la composición?

Desde el punto de vista de la creación pura, la verdad es que no, digamos que en ese sentido solo me atrae escribir poesía. La composición es un campo aparte. Sí que la he estudiado, pero no para componer, sino para conocer mejor los entresijos de las obras, saber cómo están estructuradas, cómo se elaboran. Es algo que considero fundamental como intérprete. De alguna forma, la interpretación es una especie de co-creación.

Esa co-creación, hace que el intérprete tenga una gran responsabilidad artística. La partitura tiene muchos márgenes abiertos que necesitan esa figura para trascender. ¿Qué prima, técnica o expresión?

He visto a gente tocar con un nivel alucinante, de manera impoluta, que me han dejado indiferente, que no me han conmovido lo más mínimo. Recuerdo grabaciones imperfectas de grandes pianistas históricos, con notas equivocadas, pero que sí son joyas y referencias que te remueven por dentro. Técnica y expresión van íntimamente unidas. Ninguna de los dos por sí solas es capaz de mantener una interpretación coherente y conmovedora… Mi trabajo consiste precisamente en conseguir ese equilibrio perfecto en el que la técnica emana del propio mensaje expresivo de la obra.

¿Es imprescindible salir al extranjero para comenzar a destacar?

 En mi campo desde luego. Quedarse en Motril era imposible. Ni siquiera Madrid. España ha estado y aún está muy subdesarrollada en ese aspecto. Incluso actualmente, mis alumnos cuando acaban el conservatorio, se van a estudiar a Alemania. Yo lo hice también, en este caso, a Estados Unidos. La interpretación musical es una disciplina muy cosmopolita. Es necesario viajar mucho y darse a conocer internacionalmente.

En una de tus redes sociales citas que ‘todo habría sido más fácil con tres manos’. Utilizándolo como alusión, ¿ha sido difícil vivir solo de tus dos manos?

Ha sido y es complicado. Esto no es un camino de rosas, hay que equivocarse muchas veces. Hay que tener en cuenta que la música y la interpretación son como una especie de deporte de élite. Hay que estar siempre al máximo. Cuando sales a un escenario, a un auditorio, siempre buscas la máxima perfección. A veces, esto resulta angustioso. Hay que cuidarse física y mentalmente. El repertorio es muy complejo y a veces depende de respuestas reflejas en las que participa todo tu cuerpo y tu mente. Además, es un campo en el que hay muchísima competencia y con unos niveles muy altos de exigencia. Estar ahí, poder seguir tocando, tener un prestigio y que te sigan llamando, como he dicho al principio, es complicado.

Decía Weber que ‘la música es un lenguaje universal’. En ese sentido, la música clásica destaca por encima de todas porque su forma de comunicar tiene un carácter aún más universal que el resto. ¿Cómo es posible, entonces, que sea la más devaluada?

 Creo que es simplemente porque no está lo suficientemente presente en la sociedad. La cultura con mayúsculas está muy degradada. No da tanto dinero como el producto fácil. Yo diría que la música, más que un lenguaje universal, es una necesidad misteriosa del ser humano presente en nuestra existencia desde el principio de los tiempos.

Normalmente, recibimos la música de nuestro entorno diario de una manera pasiva. Pero sin embargo, la música clásica es algo más y requiere de unas condiciones de escucha especiales.  Para apreciar su estructura formal, sus innumerables matices, se necesita un tiempo dedicado a su disfrute y contemplación. Digamos que requiere un ‘esfuerzo de escucha’ del que carecemos en la sociedad actual. Estamos rodeados de ruido, distracciones diversas, teléfonos móviles, información trepidante… Vivimos dentro de una burbuja de ruido que nos aturde y nos anestesia para evitar las cuestiones verdaderamente importantes. Porque lo importante da miedo a veces. Es demasiado potente para enfrentarnos a ello.

La música, el gran arte, siempre nos ha enfrentado a los problemas importantes de nuestra vida y han intentado responder las grandes preguntas: Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… Es triste que muchos jóvenes no consideren la música clásica en absoluto parte de su vida. Lo sorprendente es ver la cara de esos jóvenes cuando asisten a una sala de conciertos y la escuchan. Muchos acaban enganchándose aunque sea de manera pasajera. Lo importante es encender esa llama.

Impulsar de nuevo el Festival de Música Sur, ¿ha formado parte de ese intento de cambiar la realidad con la que no estás de acuerdo?

 Por lo menos, de reconducirla. No creo que lo que estamos viviendo ahora sea la realidad. Todo esto es artificial, impuesto por los mercados y por la necesidad de manejamos como autómatas y borregos. Tengo hijos, y no quiero que vivan en una sociedad así. No lo concibo.

¿Por qué Motril ha sido el lugar idóneo para esto?

 Primero, porque es necesario que Motril tenga festivales de todo tipo y ofertas culturales durante todo el año que, a día de hoy, no existen. Es necesario, lo reclama la sociedad, aunque a veces no tengan la voz para hacerlo.

 Y desde el punto de vista práctico, porque esta ciudad es un lugar hermoso donde se puede disfrutar de la playa y del paisaje. A los músicos nos gusta mucho, ya que no tenemos más remedio que viajar, hacerlo a lugares bonitos donde te traten bien. Motril, cuenta con gente muy hospitalaria y eso siempre se agradece. Y además, las características del Teatro Calderón ayudan mucho al disfrute de este tipo de música.  Se crea una conexión muy íntima con el público.

 El planteamiento de nuevos espacios en los conciertos… ¿Ha sido una forma de reinventarse?

 Sí. Además, para mí es un reto. Si seguimos con el festival, tenemos que proponer giros nuevos. Hay que ir poco a poco con eso, es un festival que puede crecer. Hemos intentado ofrecer lo que creo que Motril puede asumir. Hay que ver cómo funciona y tomar nota.

 ¿Ha cumplido todos sus sueños?

 No. Ni pienso cumplirlos. Ni después de muerto. Ojalá que no los cumpla porque los sueños son eso que nos mantiene vivos. No entiendo la vida como algo cuantitativo, de saldo. No mido lo que he cumplido, ni hasta dónde he llegado. Mis sueños están tan arriba que no tienen nada que ver con ningún logro profesional ni artístico. Por eso no pienso cumplirlos, porque el ser humano no está hecho para cumplirlos todos. Tenemos un potencial enorme que sigue después incluso de dejar este mundo. El legado que tú dejes puede que haga que cumplas algunos de ellos, que a la vez serán los de otro. Me conformo con trabajar día a día y ser fiel al deber que me dicta mi vocación.

 Y como conclusión, siendo profesor en el conservatorio superior de música de Madrid, ¿cómo le gustaría que le recordaran?

Me gustaría que siempre tuvieran presente el amor por la música, el compromiso con la profesión y la importancia vital de lo que hacen. Más allá de que toquen mejor o peor, me gustaría que, en un momento determinado, pensaran en mí  como yo pienso en aquel profesor que me recomendó ese libro de Rilke y me invitó a vivir la música como si mi vida estuviera al borde de un precipicio.

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