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Todos los días se levantaba para acudir a un trabajo en el que nadie le agradecía los servicios prestados. Tras siglos y siglos desempeñando su cometido, no veía la hora de abandonarlo y volver a ser libre.

Tuvo que recurrir a esa labor por necesidad; ganarse unas monedas atemorizando a la gente y reuniendo vidas agonizantes para poder sobrevivir no le compensaba ya. Se sentía asqueada al ponerse una túnica mal remendada para recorrer el umbral de los misterios mientras veía todos los paisajes donde le gustaría pasar su eternidad.

En su última jornada de trabajo, le tocaba ir al desierto para recoger el alma de un pistolero con el talento solitario de arrebatar vidas; la Muerte no pudo evitar sentirse identificada con aquel pobre hombre.

-No somos tan distintos- pensó.

Al acudir en busca del alma del pistolero, notó como todas las formas de vida huían de ella en un desierto en el que el silencio hacía demasiado ruido. La quietud del ambiente se rompió con el graznido de un buitre que, inocente, se acercó.

-Tú debes ser el único que no me teme- dijo mientras acariciaba al ave carroñera.

Un disparo confirmó que la Muerte estaba en el sitio correcto; cuatro hombres a caballo perseguían a otro que huía cojeando mientras trataba de sobrevivir a una lucha injusta. Dominada por un sentimiento de cotidianidad, la eficiente trabajadora guió uno de los disparos hasta el corazón del hombre que venía a reclamar.

El pistolero se estaba desangrando cuando la Muerte fue a encontrarse con su cadáver.

-Después de tanto tiempo matando hoy te ha tocado a ti- dijo irónica.

-Señora, en mi profesión sería una afrenta no morir algún día- contestó el moribundo con decisión.

Aquella determinación sorprendió a alguien que no había visto nunca el valor en ojos ajenos. Por primera vez, sintió pena por una de las almas que le tenía que entregar al barquero.

Cuando cumplió con su cometido, La Parca se reunió con su jefe para decirle que no continuaría recaudando almas para él. Su patrón era un anciano con cabellos de hierro que irradiaba una sabiduría imposible de alcanzar aunque alguien lograse vivir treinta vidas. Estaba en su despacho meditando, ese era su gran secreto para olvidarse de los problemas de la humanidad; al verla dijo:

-Vienes más tarde de lo que me esperaba.

-Me he cansado de ver el sufrimiento en las almas que recojo y de que todos me odien, busca a alguien que pueda tolerar esto- su voz era triste, a punto de quebrarse.

Su jefe sabía que de algún modo llevaba razón, pero trató de iluminar a la Muerte con  una opinión más experta.

-Tú no castigas a la gente, lo que les ofreces es una nueva oportunidad para enmendar errores, dolores y sufrimientos. Piénsalo, si no es así mañana podrás dejarlo para siempre- le contestó con un tono paternal.

Escuchando ese punto de vista tan diferente al suyo, reflexionó sobre todo lo que había vivido; se había llevado a grandes héroes y líderes incorruptibles pero nunca había visto a nadie que no le tuviese miedo, tan sólo el pistolero mostró coraje ante ella.

Muy confundida fue a ver a su amigo el barquero, juntos habían almacenado y dirigido a todas las ánimas de este mundo hacía su destino. Con una curiosidad de la que nunca se sintió dueña le preguntó:

-¿Cuál va a ser el destino del pistolero que te he traído hoy?

El barquero buscó la ficha de todas las almas hasta que consiguió dar con la que quería conocer su amiga.

-A éste le toca ser misionero, no ganará nada pero ayudará a muchas personas a seguir viviendo- dijo carraspeando de forma siniestra.

Fue entonces cuando la Muerte decidió continuar con su trabajo, porque no había nadie como ella para ofrecer segundas oportunidades.

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