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músico olvidado

Foto: Tadas Mikuckis para Unsplash

El reflejo que veía en el espejo le indicó que ya estaba preparado para su viaje. Era la imagen de la pulcritud hecha materia; vestido con un elegante traje blanco acompañado de un sombrero del mismo color y un bigote ennegrecido que rompía la armonía del conjunto. El anciano cumplía con el ritual de atildarse tal y como lo había hecho a lo largo de su vida; mirarse al espejo con esmero, colocarse el sombrero con rigor dictatorial y coger el bastón que no necesitaba pero, según su propio criterio, le otorgaba una clase que no estaba al alcance de todos.

Cuando salió a la calle —recordando dar el primer paso con el pie derecho como le había enseñado su abuela desde que era pequeño— respiró el aire puro que emanaba el pueblo, aquella sensación le proporcionaba un bienestar que nunca pudo llegar a explicar en sus setenta y cinco años de vivencias apasionadas. El destino al que se dirigía se encontraba  lejos, sin embargo, decidió ir dando un paseo para disfrutar del paisaje y la brisa fresca que ofrecía aquella mañana de un agosto inusual. Durante el trayecto, el anciano pudo contemplar como los habitantes del lugar acudían nerviosos a cumplir con todas las diligencias que debían realizar a lo largo de la mañana.

— Es una pena que no tengan ni un minuto para contemplar el día tan espléndido que hace hoy— pensó desconsolado.

Mientras veía como los niños jugaban, una melodía limpia y profunda alcanzó sus oídos. El anciano, deseando descubrir de dónde procedían aquellos sonidos que despertaron sus sentimientos dormidos, siguió caminando. Casi sin darse cuenta, llegó a un edificio con una placa que ponía ‘Conservatorio de Música’. Miró el reloj, si entraba allí podría llegar tarde a su viaje y se quedaría perdido en el camino. Enfrentándose a su suerte, decidió regocijarse con la música un rato más. Cuando entró en el edificio —calculó que podría ser del siglo XVI— reconoció el instrumento que estaba sonando, era un piano; las escalas y arpegios que emitía estaban llenos de sensibilidad. Según la cultura musical de la que siempre había hecho gala, las notas que salían de aquel piano solo estaban al alcance de los que habían dedicado toda su vida a conocer y estudiar las melodías como una prolongación del propio cuerpo.

Ansioso por felicitar al autor de aquella pieza, se dirigió hacia la sala, cuando abrió la puerta, sus ojos, incrédulos, estaban viendo a un muchacho de unos doce años tocando el piano a la altura de los grandes compositores del mundo. La forma de acariciar las teclas y el movimiento de sus dedos daban la sensación de que aquel niño era capaz de domar a la música a su antojo y sin ningún esfuerzo. Tras ese concierto inesperado, se encontró con la mirada del anciano.

—¿Puedo ayudarle?— preguntó.

—¿Quién te ha enseñado a tocar de esa forma?—.

—¡Oh! Nadie en particular, solo toco el piano como algo pasajero.

En ese momento, el anciano rememoró uno de sus sueños de juventud; siempre había querido ser un músico capaz de llenar auditorios y conmover a las personas con las obras que su imaginación rescatase de caer en el olvido, sin embargo, el miedo le había privado de aquel sueño que ya parecía algo remoto. A pesar de todo, con el peso de sus arrugas y una vida llevada con toda la dignidad que le fue posible, no estaba dispuesto a seguir posponiendo su anhelo más oculto, no había ni un instante ni un lugar más adecuado para hacerlo realidad.

—Chico, ¿tú me podrías enseñar a tocar el piano?— le preguntó con determinación.

El niño, sorprendido por la petición que le hizo, tenía algunas dudas sobre su capacidad para enseñar a alguien mayor que él. —No sé si seré capaz, yo solo toco para evadirme de mis problemas, nadie me ha enseñado a mí…— contestó con una voz que se iba quebrando poco a poco.

—Da igual, tienes un talento innato para la música y yo lo único que necesito es aprender a tocar.

El muchacho estaba confuso, pero el brillo de los ojos del desconocido que le miraba fijamente despertó su afán por hacer una buena obra. Decidió enseñarle.

Durante el periodo de aprendizaje, el anciano compartía con su profesor algunas de las vivencias que había experimentado a lo largo de los años; la belleza de como conoció a su mujer o aquella vez que combatió en una guerra, fueron las historias que consiguieron convertir a maestro y alumno en grandes amigos. Gracias a esos relatos abandonados hace mucho tiempo y a las notas que adornaban el ambiente, el anciano volvió a sentirse importante.

Poco a poco fueron pasando los días, los dos amantes de la música dedicaban todos sus esfuerzos a comprender y analizar el lenguaje de las almas. El secreto de la música, según decía el niño, era considerarla como un ser vivo, algo que pretende hablarnos y solo tenemos que aprender a descifrar sus mensajes. De este modo, el anciano volvió a recuperar la percepción necesaria para escuchar lo que le decía una vieja amiga que siempre estuvo ahí, esperándole con lealtad de perro fiel. En su última clase, el alumno, más entregado que nunca, fue capaz de tocar el piano tal y como siempre había deseado; su sonrisa reflejaba una victoria tardía. —No sé como podré agradecértelo chaval— dijo mientras brotaban algunas lágrimas de sus ojos cansados.

—No es necesario, me basta con que algún día pueda dar un concierto ante el público— contestó entusiasmado.

Sin embargo, el anciano había estado tan absorto en lograr su ilusión, que olvidó el viaje que estaba obligado a efectuar. Despidiéndose de su mentor, volvió a retomar el rumbo que debía llevarle hasta aquel lugar.

Aunque el paseo duró más de lo esperado, por fin consiguió encontrar su destino. Allí le estaba esperando una sala muy similar a la que había en el conservatorio, con un gran piano blanco como el que siempre había querido tener en su infancia. Cuando acarició la primera nota, sintió que era muy diferente a los tonos que había escuchado, pero siguió tocando tal y como le había enseñado el niño. En ese mismo momento comenzó a llover.

Era una lluvia fina, casi inexistente, apenas se podía apreciar. Mientras las gotas caían, el mundo empezó a captar una melodía. En cada superficie la lluvia producía distintas notas, diferentes sonidos que atravesaban los corazones; si llovía sobre el mar, la gente que la escuchaba experimentaba una sensación de libertad postergada; si las gotas caían en las piedras, las personas sentían como les invadía una fortaleza de la que nunca habían sido dueñas. Ajeno a esta situación, el anciano seguía tocando el piano sin darse cuenta de que el planeta entero era su auditorio y los habitantes de éste, el público extasiado que se rendía a la pasión que ofrecía su concierto. Mientras tanto, seguía lloviendo.

Tras cuatro días de lluvias y emociones contrariadas, los habitantes del pueblo donde vivía el muchacho que había enseñado a tocar al anciano, se encontraban asustados ante un aguacero que no daba signos de acabar en ningún momento. Muchos de los vecinos comenzaban a considerar la idea de abandonar sus hogares para no morir en una inundación desafortunada, el alcalde ya no sabía como calmar los ánimos de sus ciudadanos afirmando que simplemente era una tormenta tropical. Pero a pesar de todo, la lluvia seguía cayendo.

Al ver que el sol parecía haber desaparecido para siempre, la madre del niño comenzó a empaquetar todas las pertenencias. —Si esto sigue así moriremos ahogados— dijo dirigiéndose a su hijo.

—No sé por que le dais tanta importancia— contestó el niño con calma. —Tan sólo es el concierto del fantasma que tocaba el piano todos los días en el conservatorio.

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