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¿Qué es lo que siente un condenado a fusilamiento? El pobre diablo de Serafín Garrido iba a experimentar esa tragedia en un instante.

El pobre diablo de Serafín Garrido iba a experimentar una tragedia. Foto: Jorge García-Torres Roldán

¿Qué es lo que siente un condenado a fusilamiento? El pobre diablo de Serafín Garrido iba a experimentar esa tragedia en un instante.

Robar comida para su tierna hija y ser un padre honorable fueron los motivos que le llevaron a estar expuesto ante aquel destacamento ingrato. Mientras las tropas cargaban sus fusiles, Serafín Garrido buscaba un atisbo de esperanza al que agarrarse antes de perder una vida marcada por la crianza solitaria de la hija que nunca volvería a ver.

Su primer impulso fue el de escapar, correr lo más rápido que pudiese y rezar para que ningún soldado diese en el blanco; sin embargo, de forma apresurada obvió la huida, su madre no había criado a un cobarde. El hecho de ver la muerte cara a cara no asustaba a Serafín, su abuelo, médico, ya le hablaba de los estragos que causaba desde que era pequeño y le enseñó a entenderla como algo natural. Su temor venía de no saber qué iba a pasar con su hija, de no poder decirle cuanto la quería nunca más y de no admirar la mujer en la que se convertiría.

El pavor dio paso a la tristeza y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, recordaba a todos los familiares fallecidos que ahora volvían a este mundo para ayudarle a encontrar el camino al cielo; allí vio a su mujer, su belleza de antaño seguía intacta y con la esperanza de que pudiese escucharlo Serafín Garrido le dedicó estas palabras:

-Ni siquiera Dios pudo saber cuánto te quise.

Junto a sus familiares y detrás del destacamento, surgió una sombra negra temida por todos los hombres; La Parca se encontraba esperando paciente la última bala que debía atravesar la prisión del alma que venía a reclamar.

Todo estaba listo. Los fusiles, sus familiares y la segadora de almas. A Serafín Garrido solo le quedaba arrepentirse de sus pecados, pero el único que asumía como suyo era el de no haber mostrado sus sentimientos o el no haber sido capaz de decirle a toda su familia lo que habían significado para él, por fin podría hacerlo.

De repente un sonido atronador rompió el silencio de la noche, el olor a pólvora sobrevoló el pueblo que había visto nacer a Serafín mientras el cuerpo de éste, de una forma casi teatral y solemne, se desplomaba en el suelo.

Tras ese final el mundo comenzó a llorar; aquellas lágrimas enviadas por las divinidades parecían buscar que el cuerpo de Serafín Garrido mantuviese en su muerte la misma pureza que albergaba su alma en vida, mientras tanto, la sangre de aquel hombre buscaba un lugar más indigno por el que circular.

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