Home Especial Navidad 2017 Una Navidad con mi bisabuela

Árbol de Navidad

Imagen de un árbol de Navidad. Foto: Pixabay

Mientras mi bisabuela viajaba de Cuba a Nueva York en un barco de grandes dimensiones, su mente se adentraba en un nuevo mundo, en un sueño que, a pesar de la inoportunidad del despertar, pudiese recordar toda su vida. Allí, abrumada por los rascacielos y las extravagancias de los yanquis, vio algo que siempre se quedaría impregnado en su memoria: un árbol de luces gigante que evocaba una felicidad remota. La estampa de aquel momento, con todas las connotaciones emocionales que hay detrás, fue algo que mi bisabuela siempre trató de rescatar del olvido.
Cuando llegó al que sería su último país, las luces brillantes y los colores afortunados fueron sustituidos por campanas, centros de mesa y fúnebres figuras religiosas que nada tenían que ver con la alegría que puede traer el nacimiento de una vida. Por aquel entonces, poseer un árbol de Navidad no era apto para todas las familias, sin embargo, mi bisabuela, cansada de que la Navidad fuese un instante triste en su casa, afrontó la odisea de encontrar uno que se asemejase a esa imagen que contempló en Nueva York y le prometió una felicidad inmortal.
Mi familia nunca se ha caracterizado por ser muy numerosa, y cuando se atrevió a conseguir el árbol, tan solo quedaban sus dos hijas, mi madre y ella para poder decorarlo. Mi abuela y mi tía no querían saber nada de ese despropósito que pretendía hacer de aquella época un instante de alegría, pero mi bisabuela, que poseía una determinación indómita, enfrentándose a ellas cogió a su nieta y se apresuró a inculcarle una tradición que nunca debía morir; de este modo, alumna y maestra se encontraron con la obligación de convertir un pino sintético de dos metros de altura en algo mágico.
Lograr la voluntad de mi bisabuela no fue una tarea fácil, ya que apenas existían los adornos tan vivarachos que hoy brillan con fulgor, no obstante, ella conocía la fórmula secreta para conseguir lo resplandeciente; cada vez que algún envoltorio de chocolate llegaba a sus manos, utilizaba sus dotes de costurera para convertirlos en guirnaldas de colores que le diesen al árbol un carácter genuino. Todas las navidades, mi madre y ella se encargaban de ponerlo, adornarlo y decorar la casa con todo lo que su ánimo pudiese imaginar; sin embargo, la única que se encargaba de recogerlo y guardarlo como un tesoro era mi bisabuela, ya que mi madre, como cualquier niño inocente, se resistía a deshacerse de la Navidad.
Tras la muerte de mi bisabuela, nunca más se puso el árbol; la casa de mi madre volvió a convertirse en un lugar lúgubre donde solo había sitio para la desazón. El único emplazamiento donde el pino volvió a ver la luz fue en la que hoy es mi casa, mi madre, ya con un hogar propio y habiendo nacido yo, tuvo una reminiscencia del momento en el que su abuela le enseñó la importancia de las tradiciones y decidió recuperarla e inculcármela desde muy pequeño. Esa vez, fueron ella y mi padre los que se encargaron de decorar el árbol de Navidad; compraron bolas de un tono rojizo, pequeños regalos, réplicas de los bastones de caramelo, lazos y luces, todas las clases posibles de espumillón y hasta mi padre se atrevió a construir una estrella de papel de aluminio que presidiese todo el salón. Veinticinco años después, los adornos se han deteriorado un poco, pero a pesar de eso las vivencias que han visto hacen que sean insustituibles; aquel día que quise cazar a Papá Noel y descubrí una verdad ingrata, esa Navidad en la que los dos metros del árbol se desplomaron o cuando mi mejor amigo y yo tuvimos que buscar tierra para sostener la base enteleridos de frío. Bajo ese árbol, Papá Noel y los Reyes Magos depositaron la espada que me convirtió en un gran pirata, el muñeco que me hizo escoger el bien en lugar del mal o la maquina de escribir de juguete con la que conté mis primeras historias, todo eso ahora es una parte demasiado importante de mi existencia.
Hace ya casi medio siglo de ese instante en el que mi bisabuela compartió la felicidad de aquel recuerdo en Nueva York con su nieta; en la actualidad, los únicos supervivientes de esa evocación somos mi madre y yo. Todos los años, abrimos el precinto que guarda el tesoro y lo instalamos en un pedestal construido a base de esfuerzo, tierra y relatos que contar en el futuro. La decoración del pino sintético apenas ha cambiado, tan solo una estrella recogida en Amsterdam, una bola azul de Bruselas y una cabeza de ‘Mickey Mouse’ son las historias que hemos aportado a algo que siempre pertenecerá a su verdadera dueña. En cada Navidad, el árbol va perdiendo parte del verde que en otros tiempos le caracterizaba, las ramas del pino ahora son alambres que evidencian su desnudez, sin embargo, con un esmero de cirujano mi madre y yo nos encargamos de vestir el espíritu de mi bisabuela a través de los adornos y luces que decoran el árbol.
Cuando era pequeño, me costaba entender lo que significaba una tradición, para mí lo único que representaba el pino sintético era recibir regalos y no tener que ir al insufrible colegio; hasta que no me hice adulto no pude entender que la fórmula que buscaba mi bisabuela tras irse de su hogar en Cuba era la de la inmortalidad, crear una imagen de ella que nunca se perdiese en el cielo y perdurase en la memoria. Gracias a ella, en mi familia aprendimos como vencer a la muerte en Navidad.

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